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Archive for the ‘Relatos unita’ Category

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No había dormido en solitario, pero el lugar de su acompañante ya estaba deshabitado, había sido maravilloso, tras una persecución casi enfermiza desde que aquella primera vez se cruzaron sus miradas por fin había conseguido a pesar de sus rechazos casi continuos que también se entrelazaran sus cuerpos. 

Se dirigió al baño donde divisó el espejo más grande que había visto nunca, aquí no se encontraba coronando el lavabo sino delimitando su espacio, a cada lado dos espejos casi desproporcionados, y el lugar reservado para enjuagar las manos, casi sobrevolando el suelo, en una especie de sustento transparente casi inapreciable.

 Bajó la mirada y encontró un lápiz de ojos marrón, con él en las manos y su rostro en la dualidad del reflejo de ambos espejos, le quitó el capuchón a aquel instrumento ya no tan femenino y se dispuso a escribir en uno de ellos. 

Así versaba: 

MANIFIESTO DEL AMOR: 

– Sexo, sexo, sexo.

Yo en mi casa, tú en la tuya y si dios existe que elija

– Yo no quiero ser tú, me encanta mi forma de ser.

– Quiero cultivar mis aficiones a pesar de que puedan resultarte absurdas y aburridas, contigo o sin ti.

– Libertad, libertad, libertad.

– Bañarse en la playa como dios me trajo al mundo, no es pecado ni lo hago para que me vean, la única razón es que me gusta.

– Me encanta cualquier tipo de música, cualquier libro que caiga en mis manos, y el periódico en la cama aunque las sábanas se llenen de tinta.

– Sí, soy capaz de coger el coche ahora, plantarme 100 km más allá y volver esta noche porque me apetezca ver algo en aquel lugar, una obra de teatro o probar aquel café que tanta fama tiene, no,  no es huida, es necesidad.

– Hay días que desconecto el móvil porque no quiero estar localizable, aunque no lo creas la soledad buscada me encanta.

– No todos los días me apetece salir, las comidas en casa con amigos y las películas en el home cinema, me encantan… 

Pensó que podría llenar aquellos dos espacios de sentencias absurdas, pero aquel lápiz empezaba a quedarse sin punta y a la persona que le tocase limpiar aquello no tenía ninguna culpa de su enfado con el mundo.

 Decidió darse una ducha, vestirse y salir de aquel lugar que le traía tantas sensaciones, antes de marchar, firmó aquel relato con letras mayúsculas: MARCOS. 

Salió, cerró la puerta y como en cualquier hotel no le quedó otra que devolver la llave y arriesgarse, no sabia si su acompañante habría abonado el coste de la noche, no tuvo suerte, tras desenfundar el billete y darle los buenos días al recepcionista, una voz ronca, le dijo, que tenga usted buen día señorita. 

Ella sabía que nadie entendería aquel relato si lo hubiese firmado con su nombre, el de una mujer.  

UNITA (si deseas reproducir total o parcialmente este relato ponte en contacto con su autor, y se legal).

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